Había una vez un rey cuyo reino estaba invadido por micos, lo cual le molestaba muchísimo pues eran tantos y tan molestos que nadie podía siquiera trabajar. Se comían los cultivos, dañaban o robaban las mercancías y las artesanías. El rey, desesperado por encontrar una solución, invirtió todos los recursos del reino para la exterminación de los micos. Sin embargo, por cada mico muerto se podría decir que dos más aparecían en la selva. Desesperado por no poder acabar con los micos y con su reino en bancarrota, el rey terminó su vida en la pobreza y la desesperación.
Su hijo mayor había constatado con espanto cuanto sucedía en el reino, y cuando subió al trono decidió que en lugar de intentar exterminar a los micos iba a encontrar la forma de que sirvieran al reino. Su primera acto fue tratar de ser amistoso con ellos y así mandó plantar árboles de plátano y banano en grandes cantidades. Cuál no sería su sorpresa al constatar que los micos estaban tan ocupados disfrutando de la fruta que dejaron de molestar a los ciudadanos. Incluso cuando un reino cercano intentó invadirlos, fueron los micos quienes lucharon más salvajemente para proteger su territorio. De la misma manera, en lugar de esforzarte en matar tu ego, ama cada parte de ti mismo incondicionalmente y deja de juzgarte. Sólo entonces podrá tu "lado oscuro" disolverse en la luz del amor incondicional.
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